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El Sendero de los Naranjos discurre por el pequeño valle que forma el arroyo de Lágina, a los pies del municipio, camino de su encuentro con la rivera de Acebo. Se trata de un paraje en el que la fertilidad de las tierras y la presencia del agua hacen que abunden los naranjos, muy típicos y característicos de esta población debido a un clima único que hace que su cultivo se haya desarrollado en las mejores condiciones y creara una cultura propia.
Su cultivo fue iniciado durante la época romana, y es con la presencia de los árabes y la implementación de sistemas de riego mediante caños y canales, cuando el naranjo se convierte en una singularidad en Acebo.
Existe una multitud de variedades de naranjas: “Ordinarias”, “Limas”, “Malaguesa”, de “Moñito”, “Guasi”, “Petróleo”, de “Sangre”, la “Uñita” y la “Simienti” (utilizada para plantones que se injertan con la variedad deseada).
Las naranjas siempre han tenido finalidad económica al tratarse de un producto que podía venderse o canjearse pero también “alimento” para l@s aceban@s en forma de ensaladas de Naranjas, típicas de la Sierra de Gata y aquí denominada “mojeteo”, o mermeladas dulces o amargas.
Cada año se celebra la “Fiesta de la Naranja” en la que se desarrollan talleres, un mercado artesanal y una ruta de la tapa por los establecimientos de la localidad, en los que la naranja es el ingrediente estrella.
El comienzo del recorrido transita entre las huertas que rodean el municipio en las que predominan los citados naranjos que, en época primaveral, inundan el ambiente de un intenso olor a azahar y adquiriendo el paraje una mezcla cromática de verde y blanco.
A medida que avanza el camino los olivos hacen acto de presencia en las tierras más altas, siendo este uno de los cultivos mayoritarios en la comarca, motivo por el cual a lo largo del valle se encuentran restos de varias de las antiguas almazaras en las que se extraía el aceite.
Pinos y robles se convierten en compañeros del sendero alternando con zonas de matorrales y monte bajo en el que abundan jaras, brezos, lavanda y una gran variedad de vegetación que convierten el camino en un mosaico de aromas.
El bosque de ribera se atisba y el murmullo del agua se hace presente una vez se llega a la Rivera de Acebo. Un lugar propicio para descansar, refrescarse y disfrutar de la tranquilidad que aporta la melodía del discurrir de sus aguas.
Al reemprender la vuelta el recorrido se realiza por la otra orilla del arroyo pasando por el puente que da acceso al otro lado del valle. Aquí los robles se hacen los dueños del paraje alternado con matorral bajo y pinos.
Conforme Acebo vuelve a aparecer ante la mirada, varios cauces de agua cruzan el camino y de nuevo el cultivo predominante vuelve a ser el naranjo.
Merece la pena contemplar la belleza del valle con la imagen de Acebo y el monte Jálama de fondo, una estampa digna de ser captada para el recuerdo.